martes, 16 de agosto de 2011

Capítulo II

Abrí los ojos segundos antes de sonar el despertador aunque llevaba despierto un tiempo pensando si levantarme para ir a orinar o esperar al desagradable tono de la alarma. Me senté semidesnudo al borde de la cama y me llevé una mano a la cabeza con muy pocas ganas de funcionar, esos minutos eran los peores pero cuando vaciaba la vejiga mi mente se aclaraba y en un lapso corto de tiempo ya estaba vestido, comiendo algo y con la mochila del trabajo preparada.

Seguía oscuro afuera y reconocía el sonido de arranque de los coches de mis vecinos que aparcaban en la calle. Mi coche también dormía a la intemperie, era viejo, de segunda mano y me daba igual si las consecuencias de las heladas y del granizo jodían la chapa, no me quedaba otra porque tampoco había dinero para garaje y mi pequeño renault todavía podía aguantar unos años más...más me valía.

El canal 24 Horas amenizaba mis desayunos en mi tele de 14 pulgadas que era culona como Jennifer López. Cuando el reloj marcaba las 6:50 tenía que salir por la puerta de casa, siempre era muy puntual pero me gustaba llegar apurado al trabajo; me hacía sentir un poco rebelde dentro de mi escasa rebeldía. Bajé las escaleras palpándome los bolsillos, comprobando que llevaba todo. Cartera, llaves y teléfono móvil.

Bajaba los escalones de dos en dos como casi siempre y no me crucé con nadie hasta que llegué al portal alargado y estrecho.
_¡Buenos días!_ saludé secamente a un vecino gilipollas que solía saludar, cuando lo hacía, al cuello de su camisa. No escuché respuesta si la hubo y sin más salí del portal en busca de mi utilitario. Hacía frío y había una fina capa de hielo sobre todos los coches. Saqué una tarjeta vieja y rasqué el parabrisas con ella hasta dejar un hueco lo suficientemente grande como para poder conducir con ciertas garantías y me metí dentro del coche con las manos frías como cubitos de hielo.

Dos intentonas bastaron para arrancar, puse la radio y empecé a hacer la maniobra de salida con mucha maña. Escuché las noticias como cada mañana, política, economía, sucesos, deportes, el tiempo, opiniones...todo como siempre pero una noticia me llamó la atención. Al parecer había habido un homicidio en el centro de Madrid, "como casi todos los días" pensé. La verdad es que me daba igual quien había muerto y quien lo había hecho pero el maldito suceso me trajo a la memoria la ya olvidada e inquientante carta del día anterior en la que un anónimo amenazaba con matarme.

Miré por el espejo retrovisor inquieto, casi nervioso...sonreí cuando me di cuenta que estaba comprobando si alguien me seguía. _ ¡No me jodas Pablo! Ahora una broma de mal gusto va a condicionar tu vida._ Me dije torciendo la boca.
¿Quién coño querría matarme? El caso es que muchos de los asesinatos no tenían un móvil coherente salvo en las películas...discusiones de tráfico, violaciones,robos, ajustes de cuentas, roncaba mucho, ponía la música alta, miraba a mi mujer, mi mujer miraba a otros...por estupideces asi se mataba y yo no tenía ningunas de esas absurdas papeletas para ser objetivo de nadie.

Me metí en el mogollón de vehículos en que se convertía la M-30 por las mañanas y miré a los conductores de mi alrededor. Hombres y mujeres ataviados cada uno para su puesto y condición miraban ausentes hacia algún lugar perdido de su consciencia y hacían cábalas que yo desconocía, de lo que sí estaba seguro es que la mayoría iba hacia un sitio donde no querían estar, igual que yo.

No volví a acordarme de la maldita amenaza hasta que llegué a casa después de trabajar y vi un coche fúnebre en doble fila esperando a uno de mis vecinos, concretamente al vecino de al lado.

viernes, 12 de agosto de 2011

Capítulo 1

Era tarde cuando llegué a casa tras un duro día de trabajo. Y digo duro porque esta vez me tocó hacer trabajo físico. Normalmente escuchaba en los telediarios referirse a un duro dia de trabajo a trabajadores de oficina sentados tras escritorios con ordenador que se quejaban porque ese dia habían trabajado 10 horas en vez de 8 tras un imprevisto surgido a última hora.
En mi trabajo el imprevisto era rutina, mi jornada era mínimo de 11 horas y mi sueldo era un donativo que me permitía sobrevivir cada dia sin lujos, ocio y caprichos y aún asi tenía que dar gracias por conservar mi empleo con la que estaba cayendo en el país.

Dejé la mochila apoyada en la pared del pasillo y las cartas del dia sobre el mueble antiguo de la entrada, me quité las botas duras de seguridad y anduve descalzo hasta el dormitorio donde me derrumbé sobre la cama bocarriba. Me quedé tumbado en penumbra ensimismado intentando animarme a hacer las cosas que se suponía tenía que hacer como asearme, hacer la cena, resetear mi mente y mi cuerpo antes de dormir. Dormir era mi primer pensamiento cuando llegaba a casa pero eso tenía que esperar siempre. En invierno, yo salía de casa de noche y volvía de noche, mi trabajo ocupaba demasiado tiempo en mi vida y los dias pasaban sin demasiada prisa pero de manera inexorable lo que me producía una extraña sensación, como de vivir en un sueño, de estar perdiendo mi tiempo, malgastando mi vida en una actividad que detestaba tanto como la necesitaba.

A veces pensaba que mi humanidad se escapaba con cada dia de extenuante "curro" y cuando miraba mis agrietadas manos producto del trabajo duro de verdad y las inclemencias del tiempo maldecía la vida que me había tocado vivir. Tampoco podía permitirme una crema de manos, era el precio que tenía que pagar por vivir solo en un 5º sin ascensor.

Poco a poco me quité la ropa y fui al baño a abrir el grifo del agua porque tardaba unos 5 minutos en calentar el agua, cerré la puerta del baño para evitar que el calor se escapara; mi sueldo no daba para pagarme calefacción, ni eléctrica ni de gas ni de butano, teniendo ropa el frío era algo que podía soportar. Por las noches de invierno dormía con pijama, me arropaba con dos mantas y una braga militar para la cabeza, recuerdo ver salir vaho de mi boca en la oscuridad y mis pies se calentaban con calcetines gordos de montaña.

Cuando el agua caliente empapó mi cuerpo dejé escapar un suspiro he intenté relajarme. Eran las 9 de la noche y mientras me enjabonaba decidí que iba a cenar unas tostadas con mermelada y mantequilla, no me llevaría nada de tiempo, tanto comerlas como hacerlas, asi podría meterme en la cama lo antes posible. Tampoco tenía mucho donde elegir pues la "casablanca" estaba bajo mínimos...perdón, tengo que explicar que la "casablanca" era mi frigorífico de casi 20 años de antigüedad de la marca "kelvinator" en la que solo entraban productos de marcas blancas.

Me sequé con una toalla del ejército que conservaba de la época en que hice la mili y rápidamente me vesti con un pijama de felpa que me regaló mi madre 12 años antes y que estaba tan dado sí que le podría haber valido a King África.

Cogí las cartas del mueble y me las llevé a la cocina para leelas mientras se calentaba el pan en la tostadora. Ojeé las cartas sobre la encimera, una del banco, otra de la compañía eléctrica, otra del casero y una que no tenía remite, blanca por delante y por detrás. En Madrid no era raro recibir gilipolleces como aquellas cartas cadena que si no reenviabas corrías el riesgo de perder la vida. Fue la primera que abrí, el contenido de las otras me lo imaginaba y no me motivaban nada de nada ver su contenido.

La abrí con una mueca de sonrisa en la boca saqué el papel de dentro y leí: "
Vas a morir y yo te voy a matar".

Cambié mi mueca del rostro.